Havana Blues

La Habana, Cuba. Joya de la colonización española en América, ciudad en disputa por los imperios, capital aristocrática y señorial de una república neocolonial y emblema del sueño revolucionario; todo a la vez. La ciudad de las columnas de Carpentier, perfumada de un espíritu barroco, nos recibe como una promesa adormecida. El contraste entre el vértigo y la multitud y el ritmo sereno y pausado de la urbe grandiosa y amable produce un interesante espacio de reflexión introspectiva. Introspección que es ayudada por la ausencia de publicidad y contaminación visual en el espacio urbano y la arquitectura. En la Habana aún es posible reconocer las cornisas, los frisos, los portales y soportales, las densas y cultas referencias arquitectónicas de cada cuadra, de cada casa, de cada calle. La Habana es el paradigma de la ciudad pública, accesible y accedida, usable y usada, que vibra en cada esquina y en cada calle, con la palabra y el paso de su gente. Es una ciudad vivida y vivible, con un paisaje sonoro que la enriquece y la completa hasta hacerla única. Es también una ciudad horadada, semidestruida, en inestable equilibrio entre el ser y el deber ser, entre la realidad y el discurso, entre la voluntad y la posibilidad. La recuperación del horizonte marino y el disfrute del frente costero plantea al viajero uruguayo un esquema familiar y amigable y produce un estado de reencuentro con espacios, escalas, percepciones, cualidades urbanas y ambientes absolutamente reconocibles. Nos recibe una ciudad decadente y encantadora como la que fue y es hoy Montevideo. Una ciudad como la Montevideo que fue en los cincuenta años en los que se habló de crisis, hasta que el consumo globalizado la transformó y nos transformó. Loa paralelismos y las referencias a Montevideo son continuas y recurrentes. Hilos invisibles anudan las historias urbanas de ambas capitales y vinculan en ambos hemisferios sus trazos y sus barrios. El Vedado, el Malecón Habanero, la Habana Vieja, se tornan espacios análogos a los nuestros y las dinámicas de la ciudad muy próximas a las lógicas urbanas de Montevideo hasta la segunda mitad del siglo XX. Pero las analogías posibles no se detienen en lo formal, en lo visual ni en lo estructural: se fundan en lo esencial. El breve espacio de la intimidad en la que se revela la esencia de una ciudad muestra una actitud de respeto heredado frente a la ciudad ya la arquitectura, un perfil bajo y una cualidad coral, en la que nos sentimos reflejados y partícipes. Ciudad y arquitectura, sociedad y cultura forman, sin embargo, pares disonantes. Es que el realismo mágico latinoamericano, tiene en La Habana una de sus principales locaciones. La sensualidad presente en todo gesto individual y toda manifestación cultural o colectiva, se derrama con naturalidad por cada poro de la ciudad. La vida nocturna, por ejemplo, puede parecer una incongruente disonancia de una sociedad fuertemente disciplinada, pero no lo es. La coherencia entre cada término de las contradicciones que se nos presentan a cada paso sólo puede ser encontrada en las profundos surcos historia y en la cultura de la ciudad y del país, en su marco geográfico y su ambiente, en su contexto humano y en su contexto urbano. La utopía de una sociedad del pan y las rosas, el sueño revolucionario, lejana e inaprensible como toda utopía, pero referencia de camino al fin, convive con una antiutopía: la de una sociedad híper controlada e hiper regulada. Tan inaprensibles, reales e irreales ambas a la vez, contradictorias y complementarias, la una como la otra. El pueblo cubano se presenta amable, generoso, respetuoso, informado y educado, a tal punto que sorprende al extranjero con sus modales y la delicadeza en cada gesto. Sorpresa que se condimenta con una especial actitud de curiosidad por vincularse con el visitante, muchas veces -pero no siempre- justificada en la intención de vender algún servicio o producto, legal o ilegal. Es que la dualidad de la moneda de curso legal sólo es una parte visible de la dualidad de una economía fuertemente estatalizada que convive con un sector privado dinámico y creciente, de un mercado de trabajo inexistente y una informalidad que para muchos asegura, por vías insólitas, los complementos mínimos para acceder a una vida digna. Resolver el acceso a esos bienes que el Estado no asegura, implica estrategias de vida complejas y extrañas, poco comprensibles para el habitante del mundo capitalista y del consumo. La dignidad no es una idea unívoca ni una palabra vacía de contenido: se hace materia y realidad en el cuidado de niños y ancianos, en educación y salud para todos, en cultura letrada y cultura profundamente arraigada, en curiosidad por el mundo y atención, muchas veces ingenua, a la realidad de los otros. La Habana seduce y a la vez golpea con esa combinación única de decadencia y dignidad. La Habana convoca con esa fuerza contenida, y con esa energía disipada que se nutre del discurso revolucionario y antiimperialista. La Habana duele con las heridas de una historia de guerras frías y bloqueos y de respuestas burocráticas. La Habana desea y augura, pero no asegura, una alternativa para los pueblos de los países pobres y periféricos. Una alternativa que para poder sostenerse requiere mucha energía, mucha inteligencia y mucho compromiso. Nos vamos de Cuba con más incertidumbres e interrogantes de las que trajimos. Pero también nos vamos con más ganas de que en este planeta globalizado puedan emerger y desarrollarse caminos y alternativas democráticas e igualitarias tanto para los países pobres como para las sociedades y economías centrales, con fundamentos éticos y solidarios que sostengan y puedan hacer realidad tangible el ideal del socialismo y la libertad.

No se vuelve, se reconstruye cada vez

Nunca se vuelve al mismo lugar. No hay regreso posible al sitio que ya hemos visitado. Así como no nos podremos sumergir jamás dos veces en el mismo río, tampoco lograremos repetir la experiencia de leer  aquél libro al tomarlo otra vez, porque en la lectura será otro, ese mismo libro, y nosotros nunca los mismos. No será posible revivir la atmósfera al volver a ver aquella película, ni tampoco volver a ver la panorámica que recordamos, o hacer el amor con la misma mujer.  No trasponemos nunca los mismos umbrales de nuestro cotidiano, ni escuchamos los mismos acordes por más que respondan a una única e idéntica partitura. Nuestros sueños nunca serán los mismos (ni los recuerdos que de ellos la vigilia conserve o crea recordar) aunque se repitan temas, escenas, protagonistas y climas.
En un viaje, la expectativa y la posibilidad de revisitar un lugar genera un efecto particular, diferente por cierto al de la novedad absoluta: a partir de la experiencia y de datos conocidos, se producen nuevas sensaciones y asociaciones, y se despiertan emociones nunca antes conocidas. El ansia por regresar genera el deseo imposible de reiterar lo vivido anteriormente, así como la frustración por no poder lograrlo; pero esto se compensa con la emoción del redescubrimiento. Nuevos detalles que registramos y visiones originales, agregados o modificaciones , tanto en cuanto a las transformaciones de la realidad material como de lo inmaterial, se suman a las modificaciones en nuestra mirada: la forma de ver, de sentir, de pisar un lugar, nunca es la misma.

No se vuelve, se revisita aquello que creemos recordar y creemos haber experimentado. Para certificarlo están los datos y documentos a que recurrimos: las fotografías y videos, las postales, los billetes de metro, las entradas a museos, a recitales o a exposiciones. Pero, ¿qué es lo que pueden testimoniar un dato más o menos exacto, una fecha, un horario, un acto concreto; nunca un ambiente, una sensación, un perfume, la brisa que corre, o una mirada que nos atraviesa.
Visitar nuevamente aquellos lugares. Buscar y encontrar los detalles que habíamos censado, precisar ubicaciones, abundar en información tan comprobable como inútil, es una forma de intentar superar la angustia de no poder cabalmente regresar. Y de estimular el disfrute de construir nuevas y renovadas percepciones. Trasponer un portal, ingresar en un recinto y recorrerlo, atravesar una calle, reconocer una referencia urbana, mirar siempre hacia arriba, implica un ejercicio continuo de aprehensión y  apreciación.
El guión puede ser el mismo, pero aunque esté escrito en la piedra, los diálogos que contiene serán cada vez diferentes: el visitante dialoga e interactúa con el ámbito visitado, generando en cada momento una relación única e intransferible.
En viaje, muchas veces nos enfrentamos al desafío de revisitar un lugar, una ciudad, un sitio, un país, un edificio. Puede asemejarse a un ejercicio de memoria, pero sin dudas siempre supone una nueva construcción. Sólo será posible realizarla desde la experiencia propia y personal.

El viaje es una ancestral metáfora de la vida y sus matices.  Nunca se vuelve a un mismo lugar.

Ciudad de México

La escala y la desmesura, la sensación, para muchos inédita, de participar de la multitud y el agobio de un ambiente contaminado conforman algunos de los principales filtros de la experiencia mexicana.
Ser parte, al menos por unos días, de la vida de una megalópolis como ciudad de México, implica, entre otras operaciones,  reaprender nuestra forma de transitar, de movernos en la calle, de coexistir con otros, de  comprender la estructura urbana, su dimensión, sus componentes, sus vínculos.
La ausencia del horizonte, el velo del smog, la congestión, el olor de las comidas y las emanaciones nauseabundas de los desagües conforman un  fondo sobre el cual se dibujan las arquitecturas reconocidas y señaladas. La tensión entre las dimensiones hegemónicas de la ciudad genérica en relación a la escala acotada de las situaciones caracterizadas configura un marco que permite interpretar y comprender algunos de los principales problemas y potencialidades de las estructuras urbanas contemporáneas y el papel de la arquitectura en las mismas. En México se puede aquilatar tanto la grandeza de la arquitectura celebrada, al momento de configurar espacios de grandes dimensiones y apropiación colectiva, tanto como su endeblez y  fragilidad al comprobar su minoritaria presencia en el entorno construido.
México es al menos tres discursos convergentes: el de la escala, el espacio abierto y el volumen, el del color y la textura, el de la interioridad y la introversión.
El primero de ellos se puede apreciar en las estructuras prehispánicas monumentales, en la persistencia de las mismas en espacios urbanos como el Zócalo y en hábitos y conductas colectivas, pero también en las respuestas contemporáneas con firma de arquitecto como la de Teodoro González de León o Legorreta.
La volumetría de las estructuras de las ciudades mayas y las presencias de Teotihuacán, de la antigua ciudad lacustre de Tenochtitlan y la utilización de la calle como mercado, en la ciudad contemporánea refieren a esa presencia.
En esta línea de expresión y desarrollo compositivo se inscribe la Ciudad Universitaria y su monumental espacio central.
El segundo discurso atraviesa tanto el mundo de lo popular como el de la arquitectura culta y reconocida. Es posible encontrarlo en la arquitectura doméstica y en la institucional, en la obra de autor y en la ciudad auto producida.
El tercero pertenece tanto al mundo introvertido de patios y claustros coloniales como en la espacialidad rica y contenida de Barragán, en su colorismo y compromiso con la materialidad. Y también emerge en grandes artefactos recientes como la Biblioteca José Vasconcelos de Kalach.

el EDD enarbola la enseña patria en la piramide del sol
el EDD enarbola la enseña patria en la piramide del sol

el EDD enarbola la enseña patria en la piramide del sol

puesta de sol en DF

puesta de sol en DF

en viaje

allá estaremos en algunas semanas ...
allá estaremos en algunas semanas ...

pasaje subterráneo bajo la pista

En 30 minutos: check in !!

qué me habré olvidado??

A punto de salir, en casa

Falta menos…

Tratando de proponer un blog presentable